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juanka

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linati

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burinot

Personal Mission & Bio

Estaba encerrada en mi habitación con la mente perdida, sentada en el suelo, en un rincón, los brazos alrededor de las rodillas; negros nubarrones me nublaban la razón mientras unas lágrimas traicioneras rodaban por mis mejillas, perdiéndose en las comisuras de mi boca, en el pico de mi barbilla.

Habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo que no era capaz de asimilar. Oía a la gente que había venido a casa cuchichear en voz baja. ¿Hablarían de mi? ¿Hablarían de ellos? A lo mejor solo se estaban poniendo las botas con la comida preparada para el funeral ¡Buitres!

El funeral…No podía creer que ya no estuvieran con nosotros, nos habíamos quedado solos. ¡No podían hacernos esto! ¿Por qué habían muerto justo ahora? Todavía éramos unos críos ¿Qué íbamos a hacer sin padres? ¿Por qué es tan puta la vida? Yo adoraba a mis padres, nunca había tenido problemas con ellos, no sé si sería la hija perfecta pero siempre lo había procurado, no recordaba ningún disgusto grande que les hubiera dado ¡Y ahora esto!…

Llamaron suave a la puerta, creo que ni lo oí; repitieron la llamada con más intensidad… Ni me molesté, no estaba para hablar con nadie. Insistieron tanto que no tuve más remedio que levantarme y ver quién era tan inoportuno…

Mi tía Isabel, hermana menor de mi madre estaba en el quicio de la puerta. Vestida de riguroso luto, tenía los ojos rojos de tanto llorar. Me miró con cariño y pena, me abrazó muy fuerte y sus lágrimas se mezclaron con las mías. Al cabo de un momento se separó.

-Tienes que venir conmigo Julia, es Miguel, creo que está muy borracho, se ha encerrado en el baño de abajo, solo grita y no quiere abrir. A ver si tú consigues calmarle al pobre…-

-Si tía, voy. Espera un momento que ahora bajo.- Le contesté.

Fui un momento a mi propio baño a lavarme la cara. Si yo era una hija modelo, no se podía decir lo mismo de Miguel, o Chemi, como le llamábamos. Era mi hermano pequeño, pequeño de edad, porque de tamaño… Era un tanto pasota; a mi me resultaba muy cargante, supongo que era la edad del pavo, pero cada vez que se lo comentaba a mis padres, me decían que yo había pasado por eso y que fui incluso peor. Mis padres… ¿Dónde quedaban ahora sus consejos?

En el aseo de abajo, ahora, solo se oía a alguien vomitar, el agua de un grifo, unos sollozos y silencio… Nadie decía nada, nadie hacía nada… Toqué con los nudillos, llamando a mi hermano.

-¿Miguel?, ¿Miguel? – Dije con voz suave. Esperé unos segundos… -¡Miguel! –

Volví a esperar un poco; la puerta se abrió. Estaba en el suelo, colgando del pomo de la puerta, la cara desencajada, manchado de vómito hasta las orejas despidiendo un olor nauseabundo, las ropas desarregladas y sucias… Era patético. Mi hermano estaba hecho un asco.

Con ayuda de varios familiares le subí a su habitación, le desnudamos por completo y le metimos al baño. Apenas podía moverse, apestaba, le dejé caer en la bañera abriendo el agua a una temperatura normal. Mis familiares nos dejaron solos mientras me dedicaba a enjabonarle la cabeza y el cuerpo. No mantenía el equilibrio ni estando sentado, volvió a vomitar… ¡Era asqueroso!

Con mucho esfuerzo, conseguí limpiarle, sacarle de la bañera, secarle y meterle en la cama. En otro momento, en otras circunstancias, habría disfrutado de la visión de mi hermano desnudo, tenía un cuerpazo de escándalo aún sin desarrollar del todo. Apenas contaba 17 años, era casi un crío… En ese momento me inspiraba una ternura terrible. Le tapé con una manta, apagué la luz y le dejé solo durmiendo su borrachera.

Poco a poco, mis tíos, primos y amigos se fueron marchando, dejándome sola con mi angustia, Estaba hastiada de tanto llorar, me dolía la cabeza, no tenía ganas de nada… Mi tía Isabel volvió a aparecer, ofreciéndose a echar una mano para recoger todo. Arreglamos la casa, guardamos la comida sobrante en la nevera, las bebidas en el mueble bar… Nos quedamos una botella de güisqui que empezamos a beber sentadas en el sofá. No me gustaba demasiado el alcohol, pero dado nuestro estado de ánimo íbamos bebiendo sin parar, sin apenas hablar… Al cabo de un rato me di cuenta de que me estaba emborrachando así que paré.

En aquel momento, nuestra tía me dijo que, durante una temporada, se iba a quedar en casa con nosotros. Era soltera y vivía sola, para ella no era ningún problema trasladarse a nuestra casa pero, particularmente, no me apetecía nada tener a otra persona aquí, aunque fuera la hermana de mi madre.

Pasaron semanas y meses, la tía Isabel se intentaba ocuparse de mi hermano y de mi. Se me hacía raro pero, poco a poco, yo me iba acostumbrando, no así mi hermano que seguía pareciendo un cadáver andante. Un buen día, diciendo que ya podíamos apañarnos solos o por algún otro motivo que desconozco, dijo que ya era hora de volver a su casa y a su vida anterior.

Miguel se había convertido en un espectro, apenas le veía y, cuando lo hacía, me encontraba a un chico en la ruina, con un aspecto siempre sucio y desaliñado, siempre borracho… Creo que ni aparecía por el instituto, apenas recibía llamadas y nadie venía a visitarle. Las veces que intenté hablar con él me encontré con un muro de ladrillos, ni siquiera solía contestar. Intenté dejarle a su aire pero fue peor, al cabo de un tiempo, solo encontré suciedad, hedor, depresión…¡Un horror!

Pensándolo, creo que ese fue el motivo de que la tía Isabel se fuera, era asqueroso convivir con una persona así. Ni siquiera echaba la ropa a lavar, no cambiaba las sábanas de su cama, no se cambiaba de ropa, no se duchaba, ni siquiera debía de lavarse los dientes…

Desesperada, llamé a mi tía que me recomendó una clínica mental, llamé allí explicándoles el problema de mi hermano y no tardaron nada en mandar a un médico con dos tíos como armarios vestidos de blanco. Me hicieron firmar una serie de formularios de autorización, rellenar otros con los datos del seguro médico y, en cuanto estuvo hecho, cogieron a mi hermano, le inyectaron algo a la fuerza mientras gritaba como un cochino llamándome de todo y se lo llevaron.

No me atrevía a ir a la clínica a verle, me sentía una traidora. Quizás debería haber intentado hablar más con él, haberle dejado desahogarse, haber comprendido que la muerte de nuestros padres le había desquiciado… Sin embargo, nunca fui cobarde. Una mañana de domingo me presenté en la clínica que, a pesar de su fama, había conocido días mejores. Me pareció un sitio deprimente… ¿Aquí he mandado a Miguel? Se me hizo un nudo en la garganta.

Le vi en el jardín, estaba sentado en un banco, solo, su aspecto parecía bastante bueno pero estaba muy delgado. Incluso de lejos me di cuenta de que había perdido más de diez quilos… Levantó la vista y, si me vio, no dio muestras de reconocerme. Me acerqué a él temerosa, no sabía cuál podría ser su reacción… Se levantó del banco, me miró con cara seria y, de repente, se iluminó todo su ser, su cara, su cuerpo… Corrió hacia mí y me abrazó muy fuerte… ¡Cuánto le había echado de menos!

Dimos un paseo por el jardín, era muy amplio y no había prácticamente nadie. Apenas hablaba, sólo me miraba… En un determinado momento, estando muy apartados del edificio principal, en una zona descuidada y con mucho matorral, me empujó al suelo, detrás de un seto. No supe reaccionar al principio, de repente, me vi con mi hermano encima intentando arrancarme las bragas por debajo de la falda… Quise gritar, no entendía que Miguel pudiera hacerme esto…

Forcejeé con él, le empujaba y daba patadas pero él era más fuerte. Me tapó la boca con la mano, le mordí y empecé a chillar cuando un puñetazo en la barbilla me dejó medio mareada y sin fuerzas. No se de donde salieron las cuerdas con las que me ató las manos a la espalda. Me había metido un calcetín en la boca que sujetaba con otra cuerda… Tenía la falda enrollada en la cintura, mi camiseta encima de las tetas y habían desaparecido mis bragas y sujetador…

Se había puesto entre mis piernas, se había sacado la polla, me pareció enorme… Me entró el pánico, no podía creer que mi hermano me hiciera esto… Intenté patearle otra vez, los brazos me dolían al estar apoyada sobre ellos, me dio una bofetada de tal calibre que me paralizó por completo…

-Inténtalo otra vez, zorra. Inténtalo y verás como te dejo esa cara de puta que tienes…- Dijo con una rabia tremenda.

No entendía que pasaba, ¿Por qué? ¿Por qué me quería hacer esto? No podía gritar… Me di cuenta de que me estaba untando el coño con algo, se puso a acariciarme toda la zona genital… Estando entre mis piernas, me sujetaba y apretaba las tetas con una mano mientras, con la otra, me acariciaba los labios vaginales, introducía los dedos en la vagina, frotaba mi clítoris… A pesar del miedo que tenía sus caricias no eran bruscas, intentaban excitarme…

Intenté relajarme un poco, pensé que enseguida aparecería algún celador o alguien que diera el aviso de lo que me estaba pasando. Sin embargo, estábamos solos y no se oía a nadie pasar por allí.

Sin previo aviso, me la metió hasta los huevos. No sé como no lo vi venir, me hizo polvo, me había destrozado por dentro… El empezó a bombear, un mete saca constante, violento, con rabia…

-Esto te enseñará, puta de mierda, te enseñará a llamar a los loqueros otra vez – Mis lágrimas caían de las comisuras de los ojos, rodando por mis mejillas… No hubiera imaginado tanto rencor…

Él seguía y seguía, el dolor era insoportable. Allí, tirada en mitad del campo, estaba siendo violada por mi hermano, el ser que más quería… ¿Qué le habían hecho en esta clínica? Ya no se si lloraba por él o por mí, toda mi rabia se encaminó hacia esta institución que hacía que Miguel me hiciera esto…

Me dolía la cara interna de los muslos, me dolían los brazos, me dolían la tetas que mi hermano estrujaba, me dolía la vagina hasta hacerme delirar… Él babeaba encima de mí. Repentinamente me la sacó, me produjo un alivio que jamás creí poder sentir, pero ahí no acabó todo… Se escurrió entre mis piernas y estampó su boca en mi centro de placer… Más bien, mi centro de dolor.

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Cambió de táctica, me sujetaba las piernas para que no las cerrara ni le diera patadas, me metió la lengua en la vagina, yo apenas sentía nada, luego, con los labios, abarcó mi botón, lo succionó con delicadeza, lo movió como un pequeño badajo. Intenté revolverme y me llevé un puñetazo en el estómago que me dejó doblada. A pesar de mi misma, empecé a sentir placer, sólo placer físico…

Siguió y siguió un buen rato hasta que, notando que me iba a correr, se incorporó y me metió el pene con violencia. El contraste hizo que tuviera un orgasmo tremendo, nunca había sentido nada igual. Arqueé la espalda y gemí como una loca con el calcetín en la boca… Me asfixiaba, necesitaba aire… El maldito cabrón tuvo la decencia de sacármelo, gemí en voz alta pero no me dejó gritar…Se corrió dentro de mí llenándome entera

-Ahora entenderás lo que he tenido que pasar aquí, zorra de mierda. No sabes lo que ha sido esto, pero ahora te puedes hacer una idea. –Me dijo Miguel, incorporándose, se estaba abrochando los pantalones mientras yo seguía en el suelo con las manos atadas. Su semen me escurría hasta el culo

-¿Pero, por qué me has hecho esto? ¡Soy tu hermana! ¿No lo entiendes? ¡Siempre te he querido! Si llamé a esta clínica fue por tu bien, yo ya no sabía qué hacer. Estabas siempre borracho y yo también lo estaba pasando mal. La tía Isabel se fue porque no aguantaba más- Le dije con voz llorosa, las lágrimas seguían anegando mis ojos.

-Pues no lo parecía al mandarme aquí. Esto ha sido un infierno, ahora sabes lo que se siente cuando te follan sin quererlo.-

Intentaba incorporarme, me dolía todo… Me desató las manos y me bajó la camiseta y la falda. No me devolvió la ropa interior. Quería decirle algo, me sentía sucia y culpable ¿Tanto daño le había hecho a mi hermano al traerle a este sitio?

Me arregló un poco el pelo y, con un pañuelo que cogió de mi bolso, me limpió un poco la leche que iba escurriendo por las piernas. Yo temblaba de arriba abajo, mi cabeza era un torbellino, no podía asimilarlo, mi propio hermano me había violado…

No sabía qué iba a hacer, si denunciarlo a la policía o los médicos de esta clínica… Él me iba acercando, poco a poco, a la salida. Tenía la cara marcada por los golpes de mi hermano, me puse unas gafas de sol para disimular. Ya en la salida, donde él no podía pasar, me espetó:

-Esto ha sido para que aprendas lo que se siente cuando te hacen algo que no quieres, cuando un ser querido te traiciona. Ahora me puedes denunciar, me declararán enajenado mental, me pudriré aquí… Pero me trae sin cuidado. Peor ya no puedo estar –

Dio media vuelta, sin esperar mi reacción, volviendo a su banco del jardín. Me quedé un rato en la entrada y luego salí al pequeño aparcamiento donde había dejado mi coche. Estaba muy dolorida y me sentía una guarra por haber tenido un orgasmo mientras me violaba. Volví a casa, me encerré en mi habitación… Me di cuenta de que no había hablado con ningún médico sobre el estado de Miguel. No tenía ni idea de cómo estaría, me había metido en la boca del lobo sin quererlo.

Durante las semanas siguientes apenas salí de casa, no recibí ni quise hablar con nadie. Alguna compañera de facultad me mandó algún mensaje que no contesté; solo pensaba en la violación, no se me iba de la cabeza. A veces recordaba el dolor y la humillación, otras, el orgasmo que había tenido, otras, la rabia de Miguel…

Así, un buen día, volvió a casa. Habían pasado dos meses de la traumática experiencia, las secuelas de los golpes ya habían desaparecido, las morales seguían ahí. Me quedé de piedra cuando le abrí la puerta, me miraba serio pero sin ningún gesto de culpabilidad; entró y cerró la puerta a su paso mientras yo hacía la estatua. Reaccioné repentinamente, empecé a darle puñetazos en el pecho y patadas en las piernas…

-Hijoputa, cabrón de mierda, ¿Cómo se te ocurre volver por aquí? ¡No quiero volver a verte, cabrón! – Le gritaba mientras soltaba mis golpes con furia.

Él no hizo nada, se dejó pegar, se dejó insultar hasta que, agotada, lloré apoyada contra su pecho.

-¿Ya estás mejor? – Me preguntó, como si solo hubiera sido una rabieta de niña pequeña.

No pude contestar, solo llorar… Él me abrazó, me acariciaba el pelo…

-Ale, ale, ya pasó, venga…- Y seguía acariciándome, casi acunándome.

Me levantó la barbilla, mirándome a los ojos, llenos de lágrimas los míos, profundos y enloquecedores los suyos… Mis labios atrapaban sus labios, mi lengua buscaba la suya, él sorbía mis lágrimas, sus manos se perdían por mi espalda, se enredaban en mi pelo ¿Quién había empezado esto?

Me separé de él y subí corriendo a mi habitación ¿Me había vuelto loca? ¡Le había besado! ¡Había sido yo la que empezó el beso! Me eché encima de la cama a llorar, a recriminarme, no sabía donde tenía la cabeza… Desde que ingresé a mi hermano le había echado de menos, mucho de menos. Cuando me violó, me sentí culpable y sucia, había disfrutado con él… ¡Coño, cómo le quería! ¡Cómo le odiaba por haberme hecho eso! Si me lo hubiera pedido…

¡Qué tonterías estaba pensando! Si me lo hubiera pedido le habría dicho que no, a fin de cuentas éramos hermanos. ¿Y por qué le había besado ahora?

Antes de darme tiempo a seguir comiéndome la cabeza noté que se sentaba en el borde de mi cama y me acariciaba la nuca. Quedé paralizada, no me atrevía ni a respirar. No decía nada, su mano seguía en mi pelo, mis nervios a flor de piel. No se movía, al cabo de un rato me hablo:

-Soy tu hermano pequeño, Julia. Pero pronto voy a cumplir 18 años y, si quieres, me iré. Si lo que pasó en la clínica te hirió, no puedes imaginar cómo me hirió a mi que me apartaras de tu lado, que me mandaras a ese sitio. Necesitaba mi venganza, pero ya ha pasado. Si no eres capaz de olvidarlo, te lo repito, en cuanto cumpla 18 me voy. –

¿Quería que se fuera? ¿Había sido tan horrible lo que pasó? ¡Si lo hice por él! Por él era capaz de darlo todo, hasta mi cuerpo. Si lo hubiera sabido… Siempre le había querido, siempre nos habíamos llevado de maravilla, siempre me había gustado, siempre había sido mi apoyo… ¿Y ahora qué?

Me di media vuelta en la cama, con los ojos anegados le miré, no quería que se fuera nunca, tampoco quería que se convirtiera en el ser que me llevó a llamar al hospital. ¿Qué podía hacer yo por él?

Se agachó, me dio un piquito en los labios y, levantándose, se fue a su cuarto. Me quedé más sola que la una, otra vez con la cabeza hecha un torbellino, perdida en pensamientos incoherentes… Ahora iba a ser cierto que quería a mi hermano, me había gustado su caricia, me había gustado su beso ¿Era suficiente?

Dando vueltas a todo esto, me quedé dormida. Al cabo de varias horas, desperté sin saber bien donde estaba, si la vuelta de mi hermano había sido un sueño. Era noche cerrada y estaba vestida, me levanté al baño, me lavé, me puse un camisón y no pude aguantar las ganas de ir a la habitación de Miguel.

La puerta estaba entornada, la abrí del todo para verle allí. Se me hizo un nudo en la garganta y en la boca del estómago ¡Era verdad! ¡Había venido! Me produjo una alegría increíble y unas ganas enormes de abrazarle, de estar con él. Sin embargo, había algo que me detenía; subconscientemente, sabía que no debía ser así…

Al cabo de un rato de estar plantada en la puerta, mandé a la mierda al consciente y al subconsciente. Si le quería, nadie me iba a impedir estar con él. ¿Y realmente le quería? ¡Si que le quería! ¡O sea, que ya lo daba por supuesto!

Me acerqué a su cama, apartando las sábanas me metí en ella, apenas cabía. Me dejó hueco suficiente…

-Sabía que vendrías – Me dijo

¡Que morro! Pensé, ¡que tío más creído! Pero me dio igual, llevé mis manos a su cara y le besé, le besé con toda la pasión de la que fui capaz y él me lo devolvió con creces. No había parte de su anatomía que no quisiera saborear, le mordí el cuello, las orejas, le soplé los oídos… Miguel metía sus manos por mi camisón acariciándome las tetas, ahora no las estrujaba con furia, las amasaba con delicadeza, recorría con los dedos o la boca mis areolas, excitaba mis pezones…

Antes de darme cuenta, me había quitado las bragas, tenía el camisón a la altura del cuello y tenía su polla metida hasta el fondo. Me sujetaba el culo con ambas manos y bombeaba con la cabeza enterrada en mi cuello. Sin ser ninguna experta, a mis 20 años apenas había tenido un par de relaciones, me daba cuenta de la inexperiencia y fogosidad de Miguel. En el fondo me gustaba…

Él seguía y seguía sin parar, había que reconocerle una buena condición física… De repente, me corrí, no me lo esperaba, estaba sólo pensando en él cuando las oleadas de placer me atravesaron desde el clítoris al perineo y subieron hasta los pechos. Alcé el culo en pleno éxtasis, el aprovechó para meterme una falange en mi esfínter, moviéndola en círculos… Pude gemir lo que quise, le apreté fuerte el culo cruzando mis piernas tras él, le clavé las uñas en la espalda y noté como se vació dentro, golpe a golpe, chorro a chorro… Quedó desmadejado encima de mí, aplastándome con su peso.

Agradecí esta postura, parecía que aplastaba también la parte de culpa que aún pudiera tener. Miguel resoplaba en mi cuello, levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa preciosa ¡Qué tierno!

Sin darme tiempo a pensar nada, solo a besarle los labios, empezó a moverse otra vez, ahora más suave… Un rítmico vaivén que me hacía sentir en la gloria. Se incorporó hasta quedar sentado y me sentó a mí encima de su pene, me lo clavó hasta el fondo. En esta postura, me entraba más, me daba cuenta de que tenía una buena herramienta. Seguimos un rato hasta que se me ocurrió que quería probarlo.

Me separé de su abrazo e hinqué la cabeza en su entrepierna. Le masajeaba los huevos con una mano mientras chupaba su glande, intentaba introducírmelo lo más posible. Subía y bajaba mi cabeza masturbándole con la boca, dejando como una patena su polla pringosa. Se tumbó en la cama, me fue haciendo cambiar de postura hasta que, pasando una rodilla sobre su cara, quedamos uno sobre otro. Se dedicó a darme besos y pequeños mordiscos en la cara interna de los muslos y las ingles, me mordió incluso, con mucha suavidad, los labios mayores…

En poco tiempo tenía su lengua haciendo diabluras un la entrada de mi hoyito. Pese a no haber cumplido los 18 se manejaba muy bien cuando perdía fogosidad. Al atacar mi clítoris, sentí tal corriente que a punto estuve de darle un mordisco que le partiera su pene. Dejé de chuparle, solo me podía concentrar en lo que me estaba haciendo, le movía la polla poco a poco con la mano.

Ahora lo esperaba, lo estaba sintiendo llegar, quise frotarme con fuerza contra él… Me corrí en su boca, gemí como nunca mientras seguía y seguía con su lengua en mi zona más sensible… Me empezó a doler de tanto placer seguido, me bajé situándome a su lado, cara a cara. Me acarició los pechos con mucha suavidad, me besó los labios con mayor delicadeza aún… me estreché contra él mientras tenía su pene en mi mano.

Cuando nuestras caricias bajaron en intensidad, volvió a montarse encima de mi introduciéndome su falo en las entrañas. Sus movimientos no eran rítmicos, me acariciaba y besaba sin apenas mover su pelvis. En un momento de cordura me fijé en la experiencia que ahora demostraba frente a su nerviosismo inicial.

Poco tiempo me dio a pensar en tonterías, mi hermano seguía encima de mí con su herramienta bien encajada en mi interior, empezaba un movimiento de mete saca nada despreciable. Su boca en mis pezones me producía pequeños espasmos de placer. Tenía unas manos maravillosas, grandes y sensibles, que recorrían mis costados, mis pechos, mi cara…

Durante varios minutos estuve disfrutando de él, no de su cuerpo o sus manos o su lengua, ni siquiera de su pene; disfruté de él plenamente. Me sentí en comunión con su alma… me corrí como nunca mientras regresaba al mundo de los mortales, sintiendo como sus chorros de virilidad inundaban mi interior.

Nos quedamos abrazados de lado, bien arrebujados bajo las sábanas, intentando mirarnos a los ojos a la tenue luz del amanecer mientras se cerraban vencidos por el sueño.

Antes de perder la conciencia intenté entender que había pasado, porqué me había acostado con mi hermano. Según él, yo le había traicionado, según yo, él me había violado, pasándose tres pueblos… Por eso, esta situación era más irreal aún, él y yo en la misma cama, él y yo acostándonos juntos, haciendo el amor…

Él y yo… Mañana, mañana hablaremos él y yo…